"El pájaro cautivo no sólo ha perdido la conciencia de que la jaula es una jaula, sino también de que él es un pájaro"

jueves, 19 de abril de 2012

Bajo las piedras

A veces hay que buscar sueños debajo de las piedras. Justo en esos momentos en que el tiempo parece pararse pero en el fondo corre más rápido que nunca, y ni te enteras. Justo en el instante en que aparece el abismo para engullirte y tirarte hacia lo más profundo. Justo ahí, cuando te ves más perdida que nunca y ya no sabes ni quién eres, cuando te crees sin fuerzas y te dejarías caer, justo ahí, una puede aferrarse a seguir estando presente o dejarse llevar por la corriente que arrastra al fondo. Porque seguir sin más, no.


Y bueno, no es que se pueda decidir libremente pero, aunque me parezca que no, me quedo con lo primero. Yo me agarro. Fuerte.
Y levanto piedras para ver lo que encuentro. Y sigo estando.





sábado, 7 de abril de 2012

Dentro y fuera


Me aterroriza escucharos. Me aterroriza lo que hacéis con nosotras, cómo nos aplastáis sin ningún remordimiento, fácilmente, sin mucho esfuerzo. Me aterroriza ver cómo rompéis lo único que para mi tiene algún sentido, si es que algo lo tiene. Me aterroriza sentir cómo nos abocáis al odio más inmenso y a la rabia perpetua, por si al final no nos quedara nada más que eso.
Me aterrorizan los barrotes y las rejas. Dentro y fuera; Dentro y fuera.

Grito, pero ya nadie oye. Acorraladas, encerradas, perseguidas. Dentro y fuera. Dentro y fuera, derrotadas. Vencidas, mientras preparáis nuevas maneras de sepultarnos, mientras vendéis al mundo vuestra paz de obediencia ciega y muda, vuestra normalidad de vidas de miseria, vuestra violencia salvajemente asimilada. Cada vez, los muros más altos.





No sé si voy a poder. Hoy que miré a mi alrededor y vi sólo sufrimiento, ahora que nos robaron la sonrisa, ahora que nos quitaron la esperanza a la fuerza. Me duelen las horas inciertas, los ojos sin brillo, los días que pasan sin saber hasta cuando. Me duele nuestro llanto de impotencia, esa voz entrecortada, nuestro rostro cansado. Me duele no poder darnos ni una bocanada de alivio, ni una respuesta adecuada. Sólo abrazos que, por momentos, despistan la angustia.
Abrazos que despistan, lo único que puedo darte ahora.

Y me pregunto si puedo no poder. Si el simple hecho de pensar en huir me convierte en alguien horrible.  Si el pánico a poder ser la siguiente me hace despreciable.
Pero sí, me iría lejos para poder pensar cómo, con la calma necesaria, sin la urgencia del momento. Para darme un tiempo y encontrar las fuerzas ahora exhaustas, la alegría que creía haber ligado a mi nombre. Y poder desgranar esta mezcla de sensaciones encontradas, para que vuelvan las certezas.

Mirar hacia adelante...y sentir algo más que este dolor que ahora lo ocupa absolutamente todo.
Saber que podemos vencerlo confiando en que, a pesar de todo, merece la pena.
Lo sé, merece la pena. Pero quiero sentirlo de nuevo, que vuelva a formar parte de mi sin espacio para la duda, como antes, como siempre. Sin espacio para el miedo.


Que nadie se quede en el camino.  







lunes, 2 de abril de 2012

Salvándome... de nuevo...


Soñaba con que todo fuera fácil, sencillo, como antes. Como cuando su voz no se entrecortaba de repente presa de uno de sus ataques de soledad, como solía llamar a una especie de nostalgia que venía cuando menos lo esperaba. Soledad de multitud.

Y, entonces, las sábanas. Y el encierro. Y el llanto. Y el buscar abrazos, calor, caricias que rompieran el desconsuelo y el mar de dudas. Sentir a alguien cerca, simplemente eso, pero tan difícil. Tormentas de miedo, sus fantasmas, sus ansias de amar con mayúsculas. No como aprendió, no como tiene que ser. Lo peor de ella, su pánico a un dolor que, al final, nunca lograba esquivar. Y estamparse mil y una veces.

A días creía que su vida era una larga espera. De tiempos infinitos. Así que inventaba cuentos, sorpresas,  miradas, historias y casualidades, que alguien apareciera al girar la esquina, algo que rompiera la monotonía de las horas pasando sin más. Y fue entonces, siendo aún una niña, cuando se hizo experta en castillos de arena y de viento, porque el mundo a veces le resultaba insoportable.

Aunque frágil, sabía que era fuerte. No se trataba de esa fortaleza dura y cortante, más bien sacaba fuerzas del convencimiento, del creer que podía, del enfrentarse a sus días con una sonrisa que raras veces conseguían arrebatarle. Sonrisa de combate ante la desidia, de resistencia ante la condena de una vida sin vida.

Y al final de cada una de sus historias, al final de cada instante que tejía, se salvaba. Se salvaba, porque sólo podía hacerlo ella misma. Aunque atribuyera a otras sus propios esfuerzos. Aunque los abrazos y las manos y los alientos ayudaran. Aunque sin otras creyera que no era nada, aunque a veces se viera sin fuerzas y sin ganas.

Y así, al final, siempre se salvaba...