"El pájaro cautivo no sólo ha perdido la conciencia de que la jaula es una jaula, sino también de que él es un pájaro"

lunes, 2 de abril de 2012

Salvándome... de nuevo...


Soñaba con que todo fuera fácil, sencillo, como antes. Como cuando su voz no se entrecortaba de repente presa de uno de sus ataques de soledad, como solía llamar a una especie de nostalgia que venía cuando menos lo esperaba. Soledad de multitud.

Y, entonces, las sábanas. Y el encierro. Y el llanto. Y el buscar abrazos, calor, caricias que rompieran el desconsuelo y el mar de dudas. Sentir a alguien cerca, simplemente eso, pero tan difícil. Tormentas de miedo, sus fantasmas, sus ansias de amar con mayúsculas. No como aprendió, no como tiene que ser. Lo peor de ella, su pánico a un dolor que, al final, nunca lograba esquivar. Y estamparse mil y una veces.

A días creía que su vida era una larga espera. De tiempos infinitos. Así que inventaba cuentos, sorpresas,  miradas, historias y casualidades, que alguien apareciera al girar la esquina, algo que rompiera la monotonía de las horas pasando sin más. Y fue entonces, siendo aún una niña, cuando se hizo experta en castillos de arena y de viento, porque el mundo a veces le resultaba insoportable.

Aunque frágil, sabía que era fuerte. No se trataba de esa fortaleza dura y cortante, más bien sacaba fuerzas del convencimiento, del creer que podía, del enfrentarse a sus días con una sonrisa que raras veces conseguían arrebatarle. Sonrisa de combate ante la desidia, de resistencia ante la condena de una vida sin vida.

Y al final de cada una de sus historias, al final de cada instante que tejía, se salvaba. Se salvaba, porque sólo podía hacerlo ella misma. Aunque atribuyera a otras sus propios esfuerzos. Aunque los abrazos y las manos y los alientos ayudaran. Aunque sin otras creyera que no era nada, aunque a veces se viera sin fuerzas y sin ganas.

Y así, al final, siempre se salvaba...



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