Nos miramos y entendimos. Me vi en tus ojos, no sé si tu en los míos, me pareció que sí. Nos reconocimos y, esa vez, por extraño que parezca, decidí no marcharme, no buscar excusas, no inventar mil maneras de escapar. Así que me lancé blindándome de mañanas y de pasados que vuelven, de inseguridades e incertezas. Me instalé en el instante, en el momento. Aquí y ahora.
Ahora que regresa la noche recuerdo tus latidos. Y tu voz suave, tus manos delicadas. Y el descubrirte poco a poco y el exponerme a pasitos cortos. Venciendo al miedo. Con la sensación de que a menudo doblabas las mismas esquinas unos segundos antes, que pisabas las mismas calles pero la casualidad había prohibido encuentros fortuitos.
Hoy ya te fuiste. Pero ahí sigues. En mi tacto y en el aroma de la almohada. En el edredón de flores, en la habitación amarilla, en los libros que ya habíamos leído, en la ventana que da al patio.
Ya te fuiste. Pero aquí estás. Y alargo el brazo por si te encontrara, perdido entre las sábanas revueltas.
Te fuiste, pero estás. Ahora que cae la noche. Ahora que el lápiz se desliza por el papel en blanco. Ahora que cierro los ojos para olvidarme del mundo. Estás.
Aunque espero que no vuelvas.

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