Aprendí a reinventar la ciudad cada vez que salía a la calle. Así que miraba hacia arriba y observaba buhardillas, vigas de madera, pequeñas terrazas dónde tumbarnos las noches de verano, patios traseros, olores de ropa tendida, tentadoras casitas de nadie, bares donde buscarte. Inventando nuevas historias resistí tantas y tantas veces a la necesidad de marcharme, aunque también me fuera de tanto en tanto.
Porque aprendí a escapar quedándome, a huir sin irme.
Una ciudad ficticia, sólo para mi y a veces para algún amigo no sé si afortunado. Dónde la cuadrícula se convertía en laberinto. Dónde encontrar regalos insólitos en aceras y esquinas. Dónde imaginarme otras formas posibles, vidas entre otras paredes, dónde soñarnos distinto.
Quizá esta vez necesite irme haciendo la maleta. Dejar de sentirme sola entre la multitud para sentir otra soledad que quizás no duela tanto, que no sea tan absurda. Pero no sé a dónde. No sé a dónde.
Porque seguramente, esté dónde esté, alce la vista y, creyendo mirar a través de ventanas nuevas, continúe imaginando lo que sucede al otro lado de los cristales.
Y, una vez más, no importa dónde, seguiré reinventando realidades.

No hay comentarios:
Publicar un comentario