A veces me salen las palabras seguidas casi sin pensarlas, como si hubieran estado retenidas en la garganta esperando el momento propicio para salir del escondite. Y en el orden adecuado me cuentan, me explican, me desenredan, me calman, me curan.
Hoy no es uno de esos días, y he esperado, a ver si se descubrían y estallaban en sonido alto y claro, en frase alentadora. Y he esperado, a ver si el sentido de repente venía.
Hoy, aquí sigue tu espacio en reserva. Como un rinconcito que te guardo, por si un día aparecieras y sin miedo me dijeras que me amas.
Hoy descubro que aprendí a vivir en la espera, sin drama alguno. Aprendí a que no doliera, a seguir con este pedacito tuyo a cuestas. Aprendí a sobrevivirte y a llevarte conmigo como algo bonito que no puedo evitar.
Hoy, que no salen las palabras, sólo atino a decirme que te amo. En ese coto pequeñito y casi desterrado. Como un quejido que no grita, como un lamento silencioso que siempre me acompaña y que me deja amar a otros.
Ahí permaneces, como un ronroneo, como un latido imperceptible.
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