Regreso a esta ciudad que todo lo engulle, a esta ciudad de múltiples engranajes que no dejan nunca de funcionar, a esta gran fábrica de horrores, de escala de grises en la que, a veces, una encuentra pedacitos de sueños, algún color verdadero, algún rojo primario. El verano es fin de año y me repienso en escenarios infinitos. Y empiezo algo que nunca antes, con la inseguridad de siempre pero también con las certezas que recogí por el camino y a las que me agarro para no volver a perderme. Giro esquinas y ando por calles que nunca pisé.
Echo la vista atrás y, a pesar de todo, fui capaz de recolectar instantes de vida.
Y, lo mejor: instantes de vida de esos que perduran en el tiempo...porque decidí que me acompañaran en mi viaje. Porque elegí dejar de sentirme sola en medio de la eterna soledad a la que estamos condenadas.
Porque las condenas no deben cumplirse.
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