Aquella noche la ciudad fue nuestra. Como si fuera un escenario, los callejones desiertos nos cobijaron en cada rincón, en cada portal de nadie. Así que durante horas jugamos a perseguirnos por las calles como niños, como si el resto del mundo no existiera, como si mañana no tuviera significado.
Cada esquina era una nueva escusa para retar al deseo, para seguir con nuestra particular batalla cuerpo a cuerpo, pared a pared. Cada beso una bocanada de aire fresco, cada caricia un poco más de aliento.
Y así, botón a botón, dejé que me vencieras a susurros.
Tú no lo sabes, pero esa noche me salvaste.
Aunque no sabíamos apenas nada el uno del otro.
Aunque ni siquiera llegaras a imaginarlo.
Aunque ahora parezca simplemente un sueño.
Aunque hoy tú casi ni existas.
Invítame de nuevo al tiempo sin tiempo, a los muros derribados, a la sencillez de las palabras que dicen lo que quieren, a las manos sin miedo.
Invítame de nuevo a perder los papeles y los relojes y las formas.
Invítame, de nuevo, a recordarme que sigo estando viva.

No hay comentarios:
Publicar un comentario