"El pájaro cautivo no sólo ha perdido la conciencia de que la jaula es una jaula, sino también de que él es un pájaro"

jueves, 9 de febrero de 2012

Lo cotidiano asfixia





Se acercan cambios. Algunos los presiento, los intuyo, que ya es mucho. Otros vienen seguro, ya están aquí. Y cuando me da por pensar creo que cualquiera puede escuchar los golpetazos de mi corazón acelerado, encerrado en el pecho, como pidiéndome por favor que acepte todo lo nuevo para no tener que explotar. Me pide calma. Y un poco de resignación, eso que tanto me costó siempre.





Rebusco en mi armario para volver a disfrazarme de persona seria y responsable. Rescato zapatos. El metro en hora punta repleto de ojos que no dicen nada, de miradas cansadas y asqueadas, de sonrisas aún dormidas que no sé si llegan a desperezarse. Yo me resisto. Sonrío a la de al lado. Empujones y quejas para entrar y salir, intento avanzar rápido por el andén para ver la luz del día cuanto antes, corro al borde de las vías pero, al dejar atrás las escaleras, ya veo que he salido a otro mundo, que esas calles no me acompañan. No son mis calles. No lo van a ser nunca. Ni voy a acostumbrarme. No, no. 

Camino haciendo zigzag por esas aceras dónde no se puede hacer nada más, por calles cuadriculadas que no dan para perderse y conducen inevitablemente al lugar que andabas buscando. Imposible no seguir el camino marcado. 

Subo al despacho dónde trabajaré durante unos meses y en el ascensor ya siento el nudo, rodeada de personas que no me apetece conocer, a las que no voy a dar ni una sola oportunidad. No sé si voy a poder soportar esto durante mucho tiempo. Minutos, segundos, milésimas de nada que merezca ser contado. Siglos de pasillos enmoquetados, de diplomas y diplomas y diplomas que recubren paredes y cuadros descoloridos.

Los lunes vuelven a ser lunes. Días que acaban sin haber empezado. Días de ojeras, de vacíos, de horas delante del ordenador, de impresoras multiusos, de archivadores de causas, de papeles que no importa que entienda y filas de mesas de nadie. Calor denso de calefacción. Y me levanto y ya tengo ganas de volver a liarme entre las sábanas.

Odio esta sensación de callejón sin salida. Odio volver a escuchar esa voz que me pide que me adapte, que ceda, porque sólo así será fácil, sólo así la contradicción dejará de perseguirme. 



Odio volver al tiempo de los relojes  





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