Llevo siglos perdiendo. Sí, llevo siglos perdiendo. Ayer por fin me lo dije, me atreví a convencerme.
Pero, en esta pérdida constante, en este desapego infinito, en este dejar ir no hubo tiempo para la derrota, solamente en instantes de horas bajas, en días en que el desprendimiento y la soledad se convertían en esa ausencia que desgarra por dentro. En esa nostalgia que sólo te permite sonreir en el recuerdo, que te traslada, ojos muertos al presente. Y estás sin estar.
Porque perder es como si fuera una constante ligada al propio hecho de vivir. Aceptar que simplemente existen momentos, más o menos largos, más o menos intensos. Momentos de mirarse y entender demasiado, de besos y miradas y piel y aroma. Momentos de contarse hasta lo que no nos atrevíamos ni a nombrar, de confiarse a alguien.Y no saber hasta cuándo, pero aferrarse a eso porque sabe a algo. Cuando ya nada sabe a nada.
Poquito a poco, acabar tejiendo algo tan y tan fuerte que deseamos para siempre, hasta el fin de nuestros días. Porque ese aire que nos cuesta encontrar ahora nos llena los pulmones, y la vida, entonces, aunque sea por unos pocos segundos, merece ese nombre.
Pero un día termina. De golpe me olvidé de estar sola, me acostumbré a las sábanas calientes, a despertarme contigo. Y una sigue oliendo esas caricias, sintiendo ese escalofrío como si fuera la primera vez, evocando risas y suspiros y gemidos que ya no están, rescatando una y otra vez rincones y abrazos y esquinas y hoyuelos y voces y sueños y risas y palabras.
Y el lleno de aire se transforma en dolor de entrañas. Porque, en el fondo, para curarse hay que desprenderse de un pedazo de una misma, de un pedazo terriblemente hermoso. Que ya fue, que se va, que hay que dejar ir.
E intentamos seguir...impregnadas de temor. E intentamos seguir tejiendo, pero ya no puede ser lo mismo, que del miedo acumulado se acuerda el cuerpo, que de tantas veces tratamos de evitar la siguiente, que a cicatrices más profundas mayor es el muro que levantamos. Que me protejo como puedo, marcando distancia, siendo fría cuando lo que quiero es abrazarte.
Y me acerco, te miro, te oigo, te deseo mil veces, te imagino muchas más. Pero, al instante, me encierro para no volver a caer. Como si supiéramos de antemano que, si cruzamos la línea, si nos traspasamos, si pasamos a las manos, volveremos a ser vulnerables al vacío.
Qué contradicción. Porque hablamos de no tener miedo y lo que siento ahora es pánico. Porque me hago fuerte en colectivo pero te temo en particular.
Que alguien me cuente cómo. Cómo no amar así aún sabiendo que el dolor acecha, cómo quedarse simplemente a medias, cómo no terminar siendo consumidora de cuerpos, usuaria de cuerpos a los que no pedir ni esperar absolutamente nada por miedo a que su voz y su aliento acabe sabiendo a algo.
Que alguien me cuente cómo. Porque yo no sé sentir distinto y no quiero perder la intensidad. Porque sentir así, amar así, es lo que me salva.
Y te pregunto preguntándome cómo que no me cansé tras tantas caídas, cómo sigo buscándote...
...y marchándome cuando te encuentro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario