Ayer me di cuenta de que llevo un tiempo hablando hacia dentro, gritando hacia dentro. Me di cuenta, sí, robando horas al descanso, alargando un lunes interminable más allá de sus fronteras. Hoy pago las consecuencias, llego tarde.
Las palabras siempre me han costado, sobretodo las que deben ser dichas en voz alta, aquellas que te comprometen ante otras miradas. Pero, de tanto callar, ya nadie me escucha, porque son muchas las que han perdido la facultad de mantener la boca cerrada y observar pacientemente, con los oídos bien abiertos, con los ojos despiertos y la piel preparada, las manos tendidas, puños cerrados.
Estuve callada, sí. Observando ojos ensangrentados o hinchados por lágrimas que nunca salieron, que se enquistaron o brotaron inesperadamente; entendiendo gestos que hablan por si solos, muecas, ruidos informes, sonrisas desdibujadas; oliendo pieles en cada abrazo, impregnándome de salivas y sudores; sintiendo latidos, escuchando por los poros.
A los charlatanes con prisa, a los de verborrea incontrolada, a los que desoyen sin ojos y sin caricias que les ericen el vello. Les diré que me he cansado de la lluvia constante de estos últimos días, que ahora empiezo a encontrar palabras con sentido que puedan ser dichas, porque las he estado aprendiendo. Me las repetiré un tiempo más para estar segura, pero las tengo.
Estuve callada, sí. Entregándome a la escucha. Y a sus múltiples formas. Y comprendiendo, comprendiendo...y sólo así puedo empezar a decir...
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