Hoy me encontré un poquito, que andaba despistada. Y, volviendo a casa, sentí ese olor a leña quemada, a fuego que calienta, a pesar de vivir en un barrio de ciudad.
Supongo que se escapa de alguna de las casitas antiguas que sobreviven por estas calles estrechas. Y, como ya es habitual, intenté encontrar sin lograrlo de dónde nacía el aroma, cual era el foco del calor, por si me invitaran a pasar.
Decía que hoy me encontré un poquito. Pero un poco antes lo que me encontré fue un libro de Pedro Salinas, que alguien me regaló dejándolo en un cruce de calles. Y empecé a leer poemas, que los caminos de vuelta se saben de memoria. No te detengas nunca cuando quieras buscarme. Si ves muros de agua, anchos fosos de aire, setos de piedra o tiempo, guardia de voces, pasa. Y leí aunque más de una vez haya dicho que odio la poesía, o que sólo soy capaz cuando puedo entenderla.
Y hoy entendí. Y me encontré un poco más.
Y hoy entendí. Y me encontré un poco más.
Pero, vuelvo, trataba de contar que me encontré. Y pensé en las plazas y en los barrios, en como vamos confiando poco a poco, en todas las que aguantamos el frío cada miércoles a las siete y media.
Y me encontré porque he vuelto a sentir las ganas.
Y me he odiado por creerlas perdidas, por aborrecer lo extraordinario, por normalizar lo que no me atreví ni a soñar, por querer adormecer mis deseos.
Y me he odiado por creerlas perdidas, por aborrecer lo extraordinario, por normalizar lo que no me atreví ni a soñar, por querer adormecer mis deseos.
Y he gritado hacia dentro un gracias por darme alientos.
Gracias por las lumbres que calientan eneros.
Gracias por las lumbres que calientan eneros.

No hay comentarios:
Publicar un comentario