Hoy hasta las palabras cuestan. Y exactamente no sé porqué. Como si un ataque de tristeza hubiera venido así, de repente, para ponerle aún más peso a las cosas. Como si un desconsuelo latente ahora se atreviera, aprovechando las horas bajas.
Y pienso que ya es jueves. Y que enero casi ha pasado ya. Y que yo sigo atrapada en un sinsentido que no me atrevo a compartir con casi nadie, pasando los días esperando no sé bien a qué. Esperando y esperando.
Y me veo aquí sentada en un taburete incómodo, rodeada de piezas de mil colores pero viéndolo todo de un gris que abruma. Con miedo de haberme acostumbrado a esta soledad de tiempos infinitos. Miedo de haber querido tanto, que ahora ya no pueda más. Miedo a heridas que no cicatrizan durante toda una vida.
Miedo a que este miedo no se canse y no acabe de irse.
Hay rostros que reconozco, eso me salva. Hay rostros donde me miro y me veo. Hay ojos oscuros como los míos, que comprenden en silencio, donde se puede leer. Y labios de cerezas y mejillas cortadas. Y en estos espejos a menudo me consuelo. Porqué entienden de intensidades, de gargantas anudadas, de sentir desmesurado.
Y a esto me agarro para intentar, una vez más, darle la vuelta a las cosas. Sabiendo que sola no puedo.
Y me aviso: la peineta me la quito mañana. O el otro...
.
No hay comentarios:
Publicar un comentario