"El pájaro cautivo no sólo ha perdido la conciencia de que la jaula es una jaula, sino también de que él es un pájaro"

jueves, 29 de diciembre de 2011

Claus






Tarda llarga i avorrida. No ha entrat ningú a la botiga i dubto que algú s'atreveixi després de dies de compres desenfrenades.
Només vull abaixar les persianes... 
Estic però no hi sóc...





I com les petites coses ens tornen la vida. Bé, les petites coses sumades a altes dosis d'imaginació, que a mi me'n sobra... 

I intento aturar aquesta escalada de pensaments perquè començo a intuir que la realitat no serà ben bé com l'estic veient ara mateix. Com voldria que fos. 
I és més que provable que m'estampi.

Però continuo llegint entre línies, amb un somriure i sentint que, per una vegada, potser la sort està de la meva banda. Jo, que sempre he pensat que no existeix, que la construïm nosaltres mateixes...

I segueixo amb un nus estrany que hauré de desfer pronunciant les paraules precises, que s'han quedat encallades. Que tenen por de sortir però que, quan les alliberi, em deixaran tocar de peus a terra. 

Només quan siguin dites en veu alta...



martes, 27 de diciembre de 2011

Viento del norte

No sé qué le entra a la gente durante estas fechas que se replantea su vida. Y pide que se cumplan sus deseos. Año nuevo, vida nueva. Propósitos, retos, cambios necesarios o obligatorios, siempre a mejor si se puede elegir, claro está. Y me pregunto por qué no lo intentan antes, o constantemente, por qué es necesario ceñirse a una fecha concreta. Claro que, pensándolo bien, los cambios que elijo para mi a menudo quedan en un 'mañana empiezo' que nunca cumplo...y no voy a ser yo la que desilusione a la mayoría...   
Así que me dejo llevar por la corriente, para ver si funciona aquello de desear algo con todas tus fuerzas para que se cumpla. Me sumo a las filas de aquellas que creen en la magia, en el destino.





Y en estos días de viento del norte salgo cada noche al balcón, porqué no pasa siempre que el cielo de la ciudad sea tan transparente y el aire se respire fácil. Y es mi oportunidad para encontrar esas estrellas que tanto me gustan y que no sé cómo se llaman, que forman un grupito pequeño muy muy juntas, aisladas del resto de constelaciones. Son las primeras que busco al mirar arriba. 

Pero en Barcelona nunca se cae ninguna estrella. 
Y, así, los deseos se acumulan...


viernes, 23 de diciembre de 2011

Desórdenes...

Domingos de orden. Como éste último, ya pasado.
Tapié todas las salidas, por si me daba por irme por alguna rendija, que la calle siempre me llama. Y puse un poco de sentido común a mi habitación patas arriba. Y una lavadora. E hice la cocina, porque esta semana me toca.
Y cosí mi chaleco salvavidas.
Orden. Aunque pasen tantas cosas afuera...hoy tocan las de dentro...

Con Tracy Chapman como banda sonora pienso en cuidarme un poco. Ordenarme por dentro. Pienso en pensarme, que me acelero y no paro. Que con la carrerilla me estampo y me olvido de que existo. 
Y algunas me dicen que es síntoma de algo, que tiro hacia fuera para no tener que volver la mirada y descubrir que tengo que arreglarme tantas cosas. Pero es que siento prisa, un algo que me inquieta. Porque estoy harta ya de mirarme y trabajarme, porque ya lo hice, y creo que aprendí mis propias lecciones. Aunque a veces me olvide. Aunque a veces parezca que no. Aunque nunca se deje de aprender.

Y, así, traigo a la memoria mis conclusiones, a las que llegué después de días cruzando bancos de niebla. E intento sentir lo mismo que entonces, cerrando los ojos y repasando mis pasos, buscando las respuestas que ya me di y que en algún lado estarán. Almacenadas. Esperando a ser rescatadas para afrontar mis delirios cotidianos, tan nuevos pero tan conocidos...
Y, así, saber que ya fui capaz antes. 
Capaz de andar sin temblar, de sentir a rienda suelta, de querer sin ausencias al acecho. De decir te quiero. Y, como pude, puedo; como pude...puedo.
Ser capaz. Sólo tengo que tirar de ese hilo y respirar el mismo alivio. Y convencerme.     

Domingos de orden. Que no en orden...


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Sorpresas

Hace poco una amiga me dijo que le gusta cómo me sorprendo ante las cosas, como si permanentemente estuviera descubriendo algo nuevo, como si fuera una niña. Y que así era un placer contarme, porque ella estaba cansada ya de caras uniformes y de oídos acostumbrados.
Por supuesto, me sorprendí al saberlo...

Y me gustó escucharla. Porque no lo sabía pero día a día aprendo algo nuevo. Y de personas diferentes, a las que conozco desde hace poco pero que ya quiero, ya son mi familia. Porque la intensidad de aquello vivido en común no entiende de tiempos.

Y es que cuando llegue el momento en que deje de sorprenderme ante lo que me rodea, entonces, habré perdido esa garra, esa fuerza que me ayuda a no conformarme. Que me obliga a buscar permanentemente, que no me deja estar quieta.

Y solamente así, sin sorpresas, inmune a todo, me habrán vencido.


domingo, 18 de diciembre de 2011

Volviendo

Pedalear. Pedalear para ir rápido, para notar cómo el viento helado me corta las mejillas y las manos. Ese viento que me pilló desprevenida, aunque debía llegar. El buen tiempo ya duraba demasiado.
Cuestionarse certezas. Y sentir cómo tiemblan las piernas, porque lo mismo me he estado creyendo mis propios engaños.
Y tener que hacer algo. Pedalear.

Y pedalear y pedalear y pedalear y pedalear...y, aunque cansada, seguir toda la noche, por toda la ciudad.
Para no dejar de sentir ese frío que a menudo ayuda a pensar. Ese aire que seca las lágrimas después de hacerlas correr.

Pedalear sin cesar para no llegar a mi destino y tener que poner los pies en el suelo. Y entonces saber que hay que arriesgar.
Que ya basta de pasar por la vida de puntillas...
Sin apenas hacer ruido...


viernes, 16 de diciembre de 2011

Momentos


Balcón abierto en una noche de diciembre. Y yo alargando las horas, que el día se queda corto. Y oyendo el viento que sopla afuera, fuerte, a ráfagas, esperando a ver si entra alguna racha que me revuelva, oliendo el frío pero sin sentirlo.



Y lo bien que va sentarse un ratito con alguien y contarse. Contarse aquello que corroe. Aquello que desgarra.
Y darse cuenta de que las sombras se comparten. Temores parecidos, que se hacen más pequeños al pronunciarlos. 

Y sonrío porque me invade una ligereza que hacía tiempo que no venía, porque nos agarramos fuerte y todo se hace más sencillo.   
Porque a menudo, con palabras distintas, hablamos de lo mismo...


Y ahora hasta las hojas se quejan...en esta ciudad dormida.


martes, 13 de diciembre de 2011

Pell de dofí

Té la pell de dofí. I a mi m'agrada aprofitar quan ho diu per passar la meva mà pel seu braç i comprovar-ho, i després abraçar-la fort. Sempre faig el mateix, com demostrant que, encara que jo gairebé no hi sigui mai, m'és important sentir-la. I ensumar la seva olor de crema hidratant, que em transporta a la infància. Ella riu perquè li faig pessigolles.

Després del dinar dels dissabtes acostumem a parlar una estona. L'altre dia li vaig dir que l'ensenyaria a cosir a màquina, encara que jo gairebé no en sé. I li posaríem una funda al sofà. També m'explica els llibres que llegeix i que jo mai obriria. I com es treballa per dins, es pensa per dins, contínuament, callada, observant, escoltant amb la seva paciència infinita.

Em sembla que no sap com d'importants són per a mi aquests moments, jo no li dic. Com quan li explico que no em trobo massa bé i em fa estirar en un llit i em traspassa la seva energia a través de les mans més càlides. I, tot i que no sé si funciona, en realitat el que em fa falta és sentir que em cuida, com quan em bressolava de petita.

I jo, que sempre marxo ràpid, m'assemblo més a ella del que penso.
I més del que ella creu.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Todo o nada

Hoy voy a ser sincera. Me voy a explicar a mi misma porqué tengo tanto miedo, de dónde sale, en qué rincón se esconde, para ver si así logro que ese miedo me tema. Y se vaya corriendo. Y me devuelva esas alas que me ató a la espalda.

Hace años y aún siento que no estoy preparada. Hace años que aprendí que, después de todo, no queda nada. Nada. Sólo tiempos en la sombra, hasta que una reacciona y empieza a llenar vacíos. Pero los recuerdos se guardan, la memoria no se borra.

Y parece que en esa nada aprendí de nuevo a andar, llenándola de muchas cosas. De colores. Y también aprendí de mi amiga soledad, a no asustarme de ella. Porque una así se conoce mucho más y se hace valiente. Y aprendí a querer de maneras infinitas, aunque siempre limitadas. Hasta esa línea roja que señala el peligro. Hasta ese momento en que siempre decido pararme y esconderme, no vaya a ser que me entre vértigo, no vaya a ser que sienta un todo... para volver a ser nada.

Y ahora soy feliz pero sigo sintiendo ausencias. Porque sólo me dejo conocer hasta cierto punto.
Porque cuando te ame y me ames la nada volverá al acecho. Y a mi me costó tanto llenarla...








sábado, 10 de diciembre de 2011

Desanudándome...



Notar un nudo tan grande que no puedes ni pronunciar una palabra. En el pecho, o no sé exactamente dónde, pero sentir que te oprime algo dentro que intenta absorberte. Hacerte nadie.

No poder soportar la tensión que se respira. Faltar el aire. Y preguntarte qué haces ahí, qué necesidad tienes de hablar cuando son distintos los idiomas, cuando no hay entendimiento posible.



Sentir que debes irte sin abrir la boca, sabiendo que esta vez no huyes. Esta vez tomas la decisión de no hacer ningún esfuerzo, porque ya no vale la pena, porque por una vez te cuidarás y no soportarás más de lo necesario, que ya es mucho. Demasiado.

Y buscar un lugar donde los pulmones puedan llenarse del todo. Y empezar a tirar por una punta de ese hilo que, enmarañado, intenta invadirte el pecho y la garganta.

Y saber que, igual, debería dejar de ser tan dramática y tomarme las cosas de otra manera, para no llevarme estos nudos a casa. Y poder dormir tranquila.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sobre el funcionamiento del mundo


Salvarse hundiendo al de al lado. Sin remordimientos, con la cabeza bien alta y una sonrisa en la boca, sujetando con todas las fuerzas infinidad de cabezas bajo el agua, para que te permitan mantenerte a flote. Así, pisándolas con ira sin ser consciente de que mueren despacito...o sabiéndolo con toda certeza, demasiado bien.


Y, bajo el mar, millones de cuerpos vagantes, inertes, podridos, algunos escondidos entre las algas y las rocas, aprendiendo a vivir sin respirar, soportando el dolor como pueden. Pocos lo consiguen. Otros se dejan a la suerte de las olas y muchos son los que desean flotar sin más, por el simple hecho de asomar la cabeza y, celebrando su penoso éxito, tratar de salvarse, de nuevo, hundiendo al de al lado. Estar arriba cueste lo que cueste, batiendo frenéticamente brazos y piernas.

Salvarse machacando al de al lado, esa es la filosofía, así es como nos enseñan a ser alguien, así es como pasan los días, así empezó todo esto.

Pero es bueno saber que en este miserable océano algunas estamos aprendiendo a nadar, a costa de nadie, por nosotras mismas, imitando movimientos que al final nos son propios para acabar siendo distintos. Inventando. Equivocándonos. Porque nos resistimos a morir de hastío, aunque sintamos miedo en las profundidades y, a veces, tengamos la tentación de dejarnos llevar por ese ritmo que marca el oleaje.

Porque aprender a nadar cansa y, al principio, sólo chapoteas. A la desesperada. Pero, un buen día, cuando menos te lo esperas, despiertas en un arrecife, acompañada por otras que buscaban el mismo rojo intenso. Y ahí está la clave. No sentirse aislada, saber con certeza que no ibas a la deriva buscando algo que no podía ser.
Que hay manos que no te sueltan cuando sube la marea y la corriente arrastra.
Que te agarran fuerte.
Y a partir de entonces piensas que es posible, porque ese mar infinito no arrasa con todo lo que encuentra a su paso.

Porque se puede nadar a contracorriente.
Y lo mismo incluso conseguimos cambiar el curso de las olas...


martes, 6 de diciembre de 2011

Poleo menta (y pájaros en la cabeza)

Alargando noches con un poleo menta entre las manos. Calentito, humeante. Con un poco de miel. Ahora me he aficionado, me sienta bien antes de ir a dormir. A veces con un cigarro. Bueno, casi todas las veces, para qué mentir.
Y con un vaso de café con leche en realidad relleno de la infusión me siento delante del ordenador, y pienso en este noviembre que ha pasado de largo como si no hubiera existido. Casi como un agujero negro. Y en las luces de navidad que anuncian felicidad por todas partes, despistando a algunas. Y en que tengo que dejar de rendirme antes de probar.

Y no sé si quiero que alguien lea todo esto que dejo escrito aquí, no sé si quiero que traspase los muros de mi casa. Mis muros. Me entra la timidez. Pero aquí estoy, tecleando. Y cantando bajito, para no despertar a las que ya duermen en las habitaciones de al lado.
Y me muevo entre la necesidad de escribir buscando alivio y las ganas de que alguien me escuche al otro lado de no sé qué. Que haya alguien. Alguien que se reconozca en mis palabras. Alguien que comprenda, aunque yo no lo sepa. Que se remueva conmigo. Quiero cómplices.
Y me gusta pensar que es así, aunque odie las distancias y la frialdad de estos cauces.
Y aunque un café compartido sea mucho mejor, ésta es mi manera de hablar sin interrupciones, sin filtros, sin la necesidad de ser coherente. Sin ser observada por miradas que juzgan antes de pararse a entender.

Una vez acabado el poleo me voy a dormir, a pesar de que me da pereza ir hasta la cama.
Casi es un ritual.
Y cuando despierte no me acordaré de mis sueños, como siempre. Porque si alguien me cuenta los suyos no sé qué responder. Y a menudo me viene a la memoria mi mejor sueño de infancia, cuando volar era tan fácil a cada paso, como si fuera una astronauta y no existiera la gravedad en el pasillo de mi casa. Y me elevaba hasta tocar el techo con la cabeza, cayendo luego lentamente hasta rozar las baldosas, para volver a emprender el vuelo y salir hacia el parque por la puerta del balcón.
La sensación de flotar en el aire, sin esos pesos que de mayores nos cargamos a la espalda...

Y creo que es que ahora soy incapaz de soñar dormida...
Lo hago con los ojos bien abiertos, para no perderme nada.
Y a veces lo consigo.



domingo, 4 de diciembre de 2011

Falsos refugios












Siento que tengo oportunidades. Seguramente va a ser que no, pero me gusta pensar que es que sí, a veces me confundo.
Me confundes.

Y me colapso. Siempre, oportunidad tras oportunidad, me cierro, me escondo. Huyo. Las dejo pasar. Y, entonces, volviendo a mi casa y haciendo ese camino de vuelta que hago cada día por inercia y sin ver por dónde piso, pienso en respuestas adecuadas. En ese preciso instante en que dije un no queriendo decir justo lo contrario. En ese momento en que me traicioné, me mentí de nuevo.

Y aquí no pasa nada, me digo sin creerme. Aunque te mueras de ganas, hoy estás cansada. Y recreo el momento una y otra vez. E imagino todos los posibles matices de ese sí, múltiples alternativas al miedo rotundo.

Pero decido ser invisible. Otra vez, sin saber ni porqué. Y me canso de mi misma. Y ya no soporto que mi casa sea mi refugio artificial, que estas paredes me calmen cuando en realidad esconden a una fugitiva. Ya no soporto que un sofá y una manta sean mi consuelo. Ni que estos textos que escribo me sirvan para ahuyentar fantasmas, para entenderme un poco sin arreglar nada. Y, sí, salgo de mi jaula todos los días, pero me quedo al lado, muy cerquita por si tuviera que volver corriendo, no vaya a ser que me pase algo afuera que me duela.

Atreverse. Debería ser mucho más sencillo, más fácil. Porque si finalmente se pierde tampoco pasa nada. Y al menos una no se queda con esta terrible sensación de poder tener la vida entre las manos y dejar que se escurra, que se vaya volando.
Sin apenas tocarla. Ni sentirla.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Derrotas (y treguas a una misma)


Día de derrotas. Como desde hace tanto, día tras día, que parece que nos acostumbremos, que las asumamos sin remordimientos. Sin pensar respuestas. Encajando golpes sin revolvernos. Arrinconadas.


Hoy ha sonado mi teléfono a las siete de la mañana porque unas vecinas se quedaban sin casa. Mi primera imagen matutina ha sido la plaza del barrio repleta de policías con ganas de partirnos la cara. Trastos en la calle. Vecinos sorprendidos al ver la plaza tomada. Primeros gritos de apoyo. Cambio de cerradura. Y a buscarnos la vida.
Y esa sensación de impotencia a la que ya me he acostumbrado. Y de pérdida. Nuevamente, otro día más. Porque ayer sucedió en otro lugar, no me importa dónde. Y mañana sentiré lo mismo, y el otro, y el otro, y el otro, y el otro...


Y, como siempre, trato de convencerme de que merece la pena y intento quedarme con aquellas pequeñas cosas que hacen que sonría, aferrarme a ellas para que compensen. Como ayer, cuando Verónica nos dijo que ya tenía piso y que me estáis empujando para seguir porque no tiráis la toalla; o cuando Ángel no pudo más y estalló con toda su rabia; o cuando Eliseo no supo retener las lágrimas de emoción; o cuando María logró por fin hablar y me dijo que soy igualita a su amiga Juana, que ya murió.


Pero a veces no es suficiente. Hoy no es suficiente. Y, así, también me autoderroto, consciente de que les doy lo que quieren, de que me adapto a su mundo.
Hoy me rindo al enemigo.
Y me derroto pensando que me han colonizado. Mirándome al espejo sin gustarme y recordando los tiempos en que comía una manzana para no engordar. Y odiándome por ello.
Y me derroto sintiendo que estoy sola. Y que quizás nadie me comprenda como me gustaría. Viéndome encerrada en esta ciudad cuadriculada, repleta de callejones sin salida. Sintiéndome cansada y negándome a sentir nada. Sin ver esos caminos que llevan a todas partes.
Y me derroto con un café con leche en la puerta de mi trabajo, mirando a la gente pasar y creyendo que son felices. Y que no moverán un dedo por nadie porque ya son inmunes al dolor. Ni por ellos mismos lo moverían.


Porque sólo conseguimos respiros momentáneos, pequeñas bocanadas de aire, suspiros pasajeros en un mar de batallas perdidas.
Y así es como nos derrotan. Poco a poco.
Y ahí lo dejo. Porque necesitaba vomitarlo. Para que mañana pueda ser otro día.