Día de derrotas. Como desde hace tanto, día tras día, que parece que nos acostumbremos, que las asumamos sin remordimientos. Sin pensar respuestas. Encajando golpes sin revolvernos. Arrinconadas.
Hoy ha sonado mi teléfono a las siete de la mañana porque unas vecinas se quedaban sin casa. Mi primera imagen matutina ha sido la plaza del barrio repleta de policías con ganas de partirnos la cara. Trastos en la calle. Vecinos sorprendidos al ver la plaza tomada. Primeros gritos de apoyo. Cambio de cerradura. Y a buscarnos la vida.
Y esa sensación de impotencia a la que ya me he acostumbrado. Y de pérdida. Nuevamente, otro día más. Porque ayer sucedió en otro lugar, no me importa dónde. Y mañana sentiré lo mismo, y el otro, y el otro, y el otro, y el otro...
Y, como siempre, trato de convencerme de que merece la pena y intento quedarme con aquellas pequeñas cosas que hacen que sonría, aferrarme a ellas para que compensen. Como ayer, cuando Verónica nos dijo que ya tenía piso y que me estáis empujando para seguir porque no tiráis la toalla; o cuando Ángel no pudo más y estalló con toda su rabia; o cuando Eliseo no supo retener las lágrimas de emoción; o cuando María logró por fin hablar y me dijo que soy igualita a su amiga Juana, que ya murió.
Pero a veces no es suficiente. Hoy no es suficiente. Y, así, también me autoderroto, consciente de que les doy lo que quieren, de que me adapto a su mundo.
Hoy me rindo al enemigo.
Y me derroto pensando que me han colonizado. Mirándome al espejo sin gustarme y recordando los tiempos en que comía una manzana para no engordar. Y odiándome por ello.
Y me derroto sintiendo que estoy sola. Y que quizás nadie me comprenda como me gustaría. Viéndome encerrada en esta ciudad cuadriculada, repleta de callejones sin salida. Sintiéndome cansada y negándome a sentir nada. Sin ver esos caminos que llevan a todas partes.
Y me derroto con un café con leche en la puerta de mi trabajo, mirando a la gente pasar y creyendo que son felices. Y que no moverán un dedo por nadie porque ya son inmunes al dolor. Ni por ellos mismos lo moverían.
Porque sólo conseguimos respiros momentáneos, pequeñas bocanadas de aire, suspiros pasajeros en un mar de batallas perdidas.
Y así es como nos derrotan. Poco a poco.
Y ahí lo dejo. Porque necesitaba vomitarlo. Para que mañana pueda ser otro día.
No hay comentarios:
Publicar un comentario