
Siento que tengo oportunidades. Seguramente va a ser que no, pero me gusta pensar que es que sí, a veces me confundo.
Me confundes.
Y me colapso. Siempre, oportunidad tras oportunidad, me cierro, me escondo. Huyo. Las dejo pasar. Y, entonces, volviendo a mi casa y haciendo ese camino de vuelta que hago cada día por inercia y sin ver por dónde piso, pienso en respuestas adecuadas. En ese preciso instante en que dije un no queriendo decir justo lo contrario. En ese momento en que me traicioné, me mentí de nuevo.
Y aquí no pasa nada, me digo sin creerme. Aunque te mueras de ganas, hoy estás cansada. Y recreo el momento una y otra vez. E imagino todos los posibles matices de ese sí, múltiples alternativas al miedo rotundo.
Pero decido ser invisible. Otra vez, sin saber ni porqué. Y me canso de mi misma. Y ya no soporto que mi casa sea mi refugio artificial, que estas paredes me calmen cuando en realidad esconden a una fugitiva. Ya no soporto que un sofá y una manta sean mi consuelo. Ni que estos textos que escribo me sirvan para ahuyentar fantasmas, para entenderme un poco sin arreglar nada. Y, sí, salgo de mi jaula todos los días, pero me quedo al lado, muy cerquita por si tuviera que volver corriendo, no vaya a ser que me pase algo afuera que me duela.
Atreverse. Debería ser mucho más sencillo, más fácil. Porque si finalmente se pierde tampoco pasa nada. Y al menos una no se queda con esta terrible sensación de poder tener la vida entre las manos y dejar que se escurra, que se vaya volando.
Sin apenas tocarla. Ni sentirla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario