Balcón abierto en una noche de diciembre. Y yo alargando las horas, que el día se queda corto. Y oyendo el viento que sopla afuera, fuerte, a ráfagas, esperando a ver si entra alguna racha que me revuelva, oliendo el frío pero sin sentirlo.
Y lo bien que va sentarse un ratito con alguien y contarse. Contarse aquello que corroe. Aquello que desgarra.
Y darse cuenta de que las sombras se comparten. Temores parecidos, que se hacen más pequeños al pronunciarlos.
Y sonrío porque me invade una ligereza que hacía tiempo que no venía, porque nos agarramos fuerte y todo se hace más sencillo.
Porque a menudo, con palabras distintas, hablamos de lo mismo...
Y ahora hasta las hojas se quejan...en esta ciudad dormida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario