Pedalear. Pedalear para ir rápido, para notar cómo el viento helado me corta las mejillas y las manos. Ese viento que me pilló desprevenida, aunque debía llegar. El buen tiempo ya duraba demasiado.
Cuestionarse certezas. Y sentir cómo tiemblan las piernas, porque lo mismo me he estado creyendo mis propios engaños.
Y tener que hacer algo. Pedalear.
Y pedalear y pedalear y pedalear y pedalear...y, aunque cansada, seguir toda la noche, por toda la ciudad.
Para no dejar de sentir ese frío que a menudo ayuda a pensar. Ese aire que seca las lágrimas después de hacerlas correr.
Pedalear sin cesar para no llegar a mi destino y tener que poner los pies en el suelo. Y entonces saber que hay que arriesgar.
Que ya basta de pasar por la vida de puntillas...
Sin apenas hacer ruido...

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