
Alargando noches con un poleo menta entre las manos. Calentito, humeante. Con un poco de miel. Ahora me he aficionado, me sienta bien antes de ir a dormir. A veces con un cigarro. Bueno, casi todas las veces, para qué mentir.
Y con un vaso de café con leche en realidad relleno de la infusión me siento delante del ordenador, y pienso en este noviembre que ha pasado de largo como si no hubiera existido. Casi como un agujero negro. Y en las luces de navidad que anuncian felicidad por todas partes, despistando a algunas. Y en que tengo que dejar de rendirme antes de probar.
Y no sé si quiero que alguien lea todo esto que dejo escrito aquí, no sé si quiero que traspase los muros de mi casa. Mis muros. Me entra la timidez. Pero aquí estoy, tecleando. Y cantando bajito, para no despertar a las que ya duermen en las habitaciones de al lado.
Y me muevo entre la necesidad de escribir buscando alivio y las ganas de que alguien me escuche al otro lado de no sé qué. Que haya alguien. Alguien que se reconozca en mis palabras. Alguien que comprenda, aunque yo no lo sepa. Que se remueva conmigo. Quiero cómplices.
Y me gusta pensar que es así, aunque odie las distancias y la frialdad de estos cauces.
Y aunque un café compartido sea mucho mejor, ésta es mi manera de hablar sin interrupciones, sin filtros, sin la necesidad de ser coherente. Sin ser observada por miradas que juzgan antes de pararse a entender.
Una vez acabado el poleo me voy a dormir, a pesar de que me da pereza ir hasta la cama.
Casi es un ritual.
Y cuando despierte no me acordaré de mis sueños, como siempre. Porque si alguien me cuenta los suyos no sé qué responder. Y a menudo me viene a la memoria mi mejor sueño de infancia, cuando volar era tan fácil a cada paso, como si fuera una astronauta y no existiera la gravedad en el pasillo de mi casa. Y me elevaba hasta tocar el techo con la cabeza, cayendo luego lentamente hasta rozar las baldosas, para volver a emprender el vuelo y salir hacia el parque por la puerta del balcón.
La sensación de flotar en el aire, sin esos pesos que de mayores nos cargamos a la espalda...
Y creo que es que ahora soy incapaz de soñar dormida...
Lo hago con los ojos bien abiertos, para no perderme nada.
Y a veces lo consigo.
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