"El pájaro cautivo no sólo ha perdido la conciencia de que la jaula es una jaula, sino también de que él es un pájaro"

jueves, 29 de diciembre de 2011

Claus






Tarda llarga i avorrida. No ha entrat ningú a la botiga i dubto que algú s'atreveixi després de dies de compres desenfrenades.
Només vull abaixar les persianes... 
Estic però no hi sóc...





I com les petites coses ens tornen la vida. Bé, les petites coses sumades a altes dosis d'imaginació, que a mi me'n sobra... 

I intento aturar aquesta escalada de pensaments perquè començo a intuir que la realitat no serà ben bé com l'estic veient ara mateix. Com voldria que fos. 
I és més que provable que m'estampi.

Però continuo llegint entre línies, amb un somriure i sentint que, per una vegada, potser la sort està de la meva banda. Jo, que sempre he pensat que no existeix, que la construïm nosaltres mateixes...

I segueixo amb un nus estrany que hauré de desfer pronunciant les paraules precises, que s'han quedat encallades. Que tenen por de sortir però que, quan les alliberi, em deixaran tocar de peus a terra. 

Només quan siguin dites en veu alta...



martes, 27 de diciembre de 2011

Viento del norte

No sé qué le entra a la gente durante estas fechas que se replantea su vida. Y pide que se cumplan sus deseos. Año nuevo, vida nueva. Propósitos, retos, cambios necesarios o obligatorios, siempre a mejor si se puede elegir, claro está. Y me pregunto por qué no lo intentan antes, o constantemente, por qué es necesario ceñirse a una fecha concreta. Claro que, pensándolo bien, los cambios que elijo para mi a menudo quedan en un 'mañana empiezo' que nunca cumplo...y no voy a ser yo la que desilusione a la mayoría...   
Así que me dejo llevar por la corriente, para ver si funciona aquello de desear algo con todas tus fuerzas para que se cumpla. Me sumo a las filas de aquellas que creen en la magia, en el destino.





Y en estos días de viento del norte salgo cada noche al balcón, porqué no pasa siempre que el cielo de la ciudad sea tan transparente y el aire se respire fácil. Y es mi oportunidad para encontrar esas estrellas que tanto me gustan y que no sé cómo se llaman, que forman un grupito pequeño muy muy juntas, aisladas del resto de constelaciones. Son las primeras que busco al mirar arriba. 

Pero en Barcelona nunca se cae ninguna estrella. 
Y, así, los deseos se acumulan...


viernes, 23 de diciembre de 2011

Desórdenes...

Domingos de orden. Como éste último, ya pasado.
Tapié todas las salidas, por si me daba por irme por alguna rendija, que la calle siempre me llama. Y puse un poco de sentido común a mi habitación patas arriba. Y una lavadora. E hice la cocina, porque esta semana me toca.
Y cosí mi chaleco salvavidas.
Orden. Aunque pasen tantas cosas afuera...hoy tocan las de dentro...

Con Tracy Chapman como banda sonora pienso en cuidarme un poco. Ordenarme por dentro. Pienso en pensarme, que me acelero y no paro. Que con la carrerilla me estampo y me olvido de que existo. 
Y algunas me dicen que es síntoma de algo, que tiro hacia fuera para no tener que volver la mirada y descubrir que tengo que arreglarme tantas cosas. Pero es que siento prisa, un algo que me inquieta. Porque estoy harta ya de mirarme y trabajarme, porque ya lo hice, y creo que aprendí mis propias lecciones. Aunque a veces me olvide. Aunque a veces parezca que no. Aunque nunca se deje de aprender.

Y, así, traigo a la memoria mis conclusiones, a las que llegué después de días cruzando bancos de niebla. E intento sentir lo mismo que entonces, cerrando los ojos y repasando mis pasos, buscando las respuestas que ya me di y que en algún lado estarán. Almacenadas. Esperando a ser rescatadas para afrontar mis delirios cotidianos, tan nuevos pero tan conocidos...
Y, así, saber que ya fui capaz antes. 
Capaz de andar sin temblar, de sentir a rienda suelta, de querer sin ausencias al acecho. De decir te quiero. Y, como pude, puedo; como pude...puedo.
Ser capaz. Sólo tengo que tirar de ese hilo y respirar el mismo alivio. Y convencerme.     

Domingos de orden. Que no en orden...


miércoles, 21 de diciembre de 2011

Sorpresas

Hace poco una amiga me dijo que le gusta cómo me sorprendo ante las cosas, como si permanentemente estuviera descubriendo algo nuevo, como si fuera una niña. Y que así era un placer contarme, porque ella estaba cansada ya de caras uniformes y de oídos acostumbrados.
Por supuesto, me sorprendí al saberlo...

Y me gustó escucharla. Porque no lo sabía pero día a día aprendo algo nuevo. Y de personas diferentes, a las que conozco desde hace poco pero que ya quiero, ya son mi familia. Porque la intensidad de aquello vivido en común no entiende de tiempos.

Y es que cuando llegue el momento en que deje de sorprenderme ante lo que me rodea, entonces, habré perdido esa garra, esa fuerza que me ayuda a no conformarme. Que me obliga a buscar permanentemente, que no me deja estar quieta.

Y solamente así, sin sorpresas, inmune a todo, me habrán vencido.


domingo, 18 de diciembre de 2011

Volviendo

Pedalear. Pedalear para ir rápido, para notar cómo el viento helado me corta las mejillas y las manos. Ese viento que me pilló desprevenida, aunque debía llegar. El buen tiempo ya duraba demasiado.
Cuestionarse certezas. Y sentir cómo tiemblan las piernas, porque lo mismo me he estado creyendo mis propios engaños.
Y tener que hacer algo. Pedalear.

Y pedalear y pedalear y pedalear y pedalear...y, aunque cansada, seguir toda la noche, por toda la ciudad.
Para no dejar de sentir ese frío que a menudo ayuda a pensar. Ese aire que seca las lágrimas después de hacerlas correr.

Pedalear sin cesar para no llegar a mi destino y tener que poner los pies en el suelo. Y entonces saber que hay que arriesgar.
Que ya basta de pasar por la vida de puntillas...
Sin apenas hacer ruido...


viernes, 16 de diciembre de 2011

Momentos


Balcón abierto en una noche de diciembre. Y yo alargando las horas, que el día se queda corto. Y oyendo el viento que sopla afuera, fuerte, a ráfagas, esperando a ver si entra alguna racha que me revuelva, oliendo el frío pero sin sentirlo.



Y lo bien que va sentarse un ratito con alguien y contarse. Contarse aquello que corroe. Aquello que desgarra.
Y darse cuenta de que las sombras se comparten. Temores parecidos, que se hacen más pequeños al pronunciarlos. 

Y sonrío porque me invade una ligereza que hacía tiempo que no venía, porque nos agarramos fuerte y todo se hace más sencillo.   
Porque a menudo, con palabras distintas, hablamos de lo mismo...


Y ahora hasta las hojas se quejan...en esta ciudad dormida.


martes, 13 de diciembre de 2011

Pell de dofí

Té la pell de dofí. I a mi m'agrada aprofitar quan ho diu per passar la meva mà pel seu braç i comprovar-ho, i després abraçar-la fort. Sempre faig el mateix, com demostrant que, encara que jo gairebé no hi sigui mai, m'és important sentir-la. I ensumar la seva olor de crema hidratant, que em transporta a la infància. Ella riu perquè li faig pessigolles.

Després del dinar dels dissabtes acostumem a parlar una estona. L'altre dia li vaig dir que l'ensenyaria a cosir a màquina, encara que jo gairebé no en sé. I li posaríem una funda al sofà. També m'explica els llibres que llegeix i que jo mai obriria. I com es treballa per dins, es pensa per dins, contínuament, callada, observant, escoltant amb la seva paciència infinita.

Em sembla que no sap com d'importants són per a mi aquests moments, jo no li dic. Com quan li explico que no em trobo massa bé i em fa estirar en un llit i em traspassa la seva energia a través de les mans més càlides. I, tot i que no sé si funciona, en realitat el que em fa falta és sentir que em cuida, com quan em bressolava de petita.

I jo, que sempre marxo ràpid, m'assemblo més a ella del que penso.
I més del que ella creu.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Todo o nada

Hoy voy a ser sincera. Me voy a explicar a mi misma porqué tengo tanto miedo, de dónde sale, en qué rincón se esconde, para ver si así logro que ese miedo me tema. Y se vaya corriendo. Y me devuelva esas alas que me ató a la espalda.

Hace años y aún siento que no estoy preparada. Hace años que aprendí que, después de todo, no queda nada. Nada. Sólo tiempos en la sombra, hasta que una reacciona y empieza a llenar vacíos. Pero los recuerdos se guardan, la memoria no se borra.

Y parece que en esa nada aprendí de nuevo a andar, llenándola de muchas cosas. De colores. Y también aprendí de mi amiga soledad, a no asustarme de ella. Porque una así se conoce mucho más y se hace valiente. Y aprendí a querer de maneras infinitas, aunque siempre limitadas. Hasta esa línea roja que señala el peligro. Hasta ese momento en que siempre decido pararme y esconderme, no vaya a ser que me entre vértigo, no vaya a ser que sienta un todo... para volver a ser nada.

Y ahora soy feliz pero sigo sintiendo ausencias. Porque sólo me dejo conocer hasta cierto punto.
Porque cuando te ame y me ames la nada volverá al acecho. Y a mi me costó tanto llenarla...








sábado, 10 de diciembre de 2011

Desanudándome...



Notar un nudo tan grande que no puedes ni pronunciar una palabra. En el pecho, o no sé exactamente dónde, pero sentir que te oprime algo dentro que intenta absorberte. Hacerte nadie.

No poder soportar la tensión que se respira. Faltar el aire. Y preguntarte qué haces ahí, qué necesidad tienes de hablar cuando son distintos los idiomas, cuando no hay entendimiento posible.



Sentir que debes irte sin abrir la boca, sabiendo que esta vez no huyes. Esta vez tomas la decisión de no hacer ningún esfuerzo, porque ya no vale la pena, porque por una vez te cuidarás y no soportarás más de lo necesario, que ya es mucho. Demasiado.

Y buscar un lugar donde los pulmones puedan llenarse del todo. Y empezar a tirar por una punta de ese hilo que, enmarañado, intenta invadirte el pecho y la garganta.

Y saber que, igual, debería dejar de ser tan dramática y tomarme las cosas de otra manera, para no llevarme estos nudos a casa. Y poder dormir tranquila.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Sobre el funcionamiento del mundo


Salvarse hundiendo al de al lado. Sin remordimientos, con la cabeza bien alta y una sonrisa en la boca, sujetando con todas las fuerzas infinidad de cabezas bajo el agua, para que te permitan mantenerte a flote. Así, pisándolas con ira sin ser consciente de que mueren despacito...o sabiéndolo con toda certeza, demasiado bien.


Y, bajo el mar, millones de cuerpos vagantes, inertes, podridos, algunos escondidos entre las algas y las rocas, aprendiendo a vivir sin respirar, soportando el dolor como pueden. Pocos lo consiguen. Otros se dejan a la suerte de las olas y muchos son los que desean flotar sin más, por el simple hecho de asomar la cabeza y, celebrando su penoso éxito, tratar de salvarse, de nuevo, hundiendo al de al lado. Estar arriba cueste lo que cueste, batiendo frenéticamente brazos y piernas.

Salvarse machacando al de al lado, esa es la filosofía, así es como nos enseñan a ser alguien, así es como pasan los días, así empezó todo esto.

Pero es bueno saber que en este miserable océano algunas estamos aprendiendo a nadar, a costa de nadie, por nosotras mismas, imitando movimientos que al final nos son propios para acabar siendo distintos. Inventando. Equivocándonos. Porque nos resistimos a morir de hastío, aunque sintamos miedo en las profundidades y, a veces, tengamos la tentación de dejarnos llevar por ese ritmo que marca el oleaje.

Porque aprender a nadar cansa y, al principio, sólo chapoteas. A la desesperada. Pero, un buen día, cuando menos te lo esperas, despiertas en un arrecife, acompañada por otras que buscaban el mismo rojo intenso. Y ahí está la clave. No sentirse aislada, saber con certeza que no ibas a la deriva buscando algo que no podía ser.
Que hay manos que no te sueltan cuando sube la marea y la corriente arrastra.
Que te agarran fuerte.
Y a partir de entonces piensas que es posible, porque ese mar infinito no arrasa con todo lo que encuentra a su paso.

Porque se puede nadar a contracorriente.
Y lo mismo incluso conseguimos cambiar el curso de las olas...


martes, 6 de diciembre de 2011

Poleo menta (y pájaros en la cabeza)

Alargando noches con un poleo menta entre las manos. Calentito, humeante. Con un poco de miel. Ahora me he aficionado, me sienta bien antes de ir a dormir. A veces con un cigarro. Bueno, casi todas las veces, para qué mentir.
Y con un vaso de café con leche en realidad relleno de la infusión me siento delante del ordenador, y pienso en este noviembre que ha pasado de largo como si no hubiera existido. Casi como un agujero negro. Y en las luces de navidad que anuncian felicidad por todas partes, despistando a algunas. Y en que tengo que dejar de rendirme antes de probar.

Y no sé si quiero que alguien lea todo esto que dejo escrito aquí, no sé si quiero que traspase los muros de mi casa. Mis muros. Me entra la timidez. Pero aquí estoy, tecleando. Y cantando bajito, para no despertar a las que ya duermen en las habitaciones de al lado.
Y me muevo entre la necesidad de escribir buscando alivio y las ganas de que alguien me escuche al otro lado de no sé qué. Que haya alguien. Alguien que se reconozca en mis palabras. Alguien que comprenda, aunque yo no lo sepa. Que se remueva conmigo. Quiero cómplices.
Y me gusta pensar que es así, aunque odie las distancias y la frialdad de estos cauces.
Y aunque un café compartido sea mucho mejor, ésta es mi manera de hablar sin interrupciones, sin filtros, sin la necesidad de ser coherente. Sin ser observada por miradas que juzgan antes de pararse a entender.

Una vez acabado el poleo me voy a dormir, a pesar de que me da pereza ir hasta la cama.
Casi es un ritual.
Y cuando despierte no me acordaré de mis sueños, como siempre. Porque si alguien me cuenta los suyos no sé qué responder. Y a menudo me viene a la memoria mi mejor sueño de infancia, cuando volar era tan fácil a cada paso, como si fuera una astronauta y no existiera la gravedad en el pasillo de mi casa. Y me elevaba hasta tocar el techo con la cabeza, cayendo luego lentamente hasta rozar las baldosas, para volver a emprender el vuelo y salir hacia el parque por la puerta del balcón.
La sensación de flotar en el aire, sin esos pesos que de mayores nos cargamos a la espalda...

Y creo que es que ahora soy incapaz de soñar dormida...
Lo hago con los ojos bien abiertos, para no perderme nada.
Y a veces lo consigo.



domingo, 4 de diciembre de 2011

Falsos refugios












Siento que tengo oportunidades. Seguramente va a ser que no, pero me gusta pensar que es que sí, a veces me confundo.
Me confundes.

Y me colapso. Siempre, oportunidad tras oportunidad, me cierro, me escondo. Huyo. Las dejo pasar. Y, entonces, volviendo a mi casa y haciendo ese camino de vuelta que hago cada día por inercia y sin ver por dónde piso, pienso en respuestas adecuadas. En ese preciso instante en que dije un no queriendo decir justo lo contrario. En ese momento en que me traicioné, me mentí de nuevo.

Y aquí no pasa nada, me digo sin creerme. Aunque te mueras de ganas, hoy estás cansada. Y recreo el momento una y otra vez. E imagino todos los posibles matices de ese sí, múltiples alternativas al miedo rotundo.

Pero decido ser invisible. Otra vez, sin saber ni porqué. Y me canso de mi misma. Y ya no soporto que mi casa sea mi refugio artificial, que estas paredes me calmen cuando en realidad esconden a una fugitiva. Ya no soporto que un sofá y una manta sean mi consuelo. Ni que estos textos que escribo me sirvan para ahuyentar fantasmas, para entenderme un poco sin arreglar nada. Y, sí, salgo de mi jaula todos los días, pero me quedo al lado, muy cerquita por si tuviera que volver corriendo, no vaya a ser que me pase algo afuera que me duela.

Atreverse. Debería ser mucho más sencillo, más fácil. Porque si finalmente se pierde tampoco pasa nada. Y al menos una no se queda con esta terrible sensación de poder tener la vida entre las manos y dejar que se escurra, que se vaya volando.
Sin apenas tocarla. Ni sentirla.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Derrotas (y treguas a una misma)


Día de derrotas. Como desde hace tanto, día tras día, que parece que nos acostumbremos, que las asumamos sin remordimientos. Sin pensar respuestas. Encajando golpes sin revolvernos. Arrinconadas.


Hoy ha sonado mi teléfono a las siete de la mañana porque unas vecinas se quedaban sin casa. Mi primera imagen matutina ha sido la plaza del barrio repleta de policías con ganas de partirnos la cara. Trastos en la calle. Vecinos sorprendidos al ver la plaza tomada. Primeros gritos de apoyo. Cambio de cerradura. Y a buscarnos la vida.
Y esa sensación de impotencia a la que ya me he acostumbrado. Y de pérdida. Nuevamente, otro día más. Porque ayer sucedió en otro lugar, no me importa dónde. Y mañana sentiré lo mismo, y el otro, y el otro, y el otro, y el otro...


Y, como siempre, trato de convencerme de que merece la pena y intento quedarme con aquellas pequeñas cosas que hacen que sonría, aferrarme a ellas para que compensen. Como ayer, cuando Verónica nos dijo que ya tenía piso y que me estáis empujando para seguir porque no tiráis la toalla; o cuando Ángel no pudo más y estalló con toda su rabia; o cuando Eliseo no supo retener las lágrimas de emoción; o cuando María logró por fin hablar y me dijo que soy igualita a su amiga Juana, que ya murió.


Pero a veces no es suficiente. Hoy no es suficiente. Y, así, también me autoderroto, consciente de que les doy lo que quieren, de que me adapto a su mundo.
Hoy me rindo al enemigo.
Y me derroto pensando que me han colonizado. Mirándome al espejo sin gustarme y recordando los tiempos en que comía una manzana para no engordar. Y odiándome por ello.
Y me derroto sintiendo que estoy sola. Y que quizás nadie me comprenda como me gustaría. Viéndome encerrada en esta ciudad cuadriculada, repleta de callejones sin salida. Sintiéndome cansada y negándome a sentir nada. Sin ver esos caminos que llevan a todas partes.
Y me derroto con un café con leche en la puerta de mi trabajo, mirando a la gente pasar y creyendo que son felices. Y que no moverán un dedo por nadie porque ya son inmunes al dolor. Ni por ellos mismos lo moverían.


Porque sólo conseguimos respiros momentáneos, pequeñas bocanadas de aire, suspiros pasajeros en un mar de batallas perdidas.
Y así es como nos derrotan. Poco a poco.
Y ahí lo dejo. Porque necesitaba vomitarlo. Para que mañana pueda ser otro día.





martes, 29 de noviembre de 2011

Desprendimientos

Saber desprenderse de las cosas. Dejar que se vaya aquello que llenaba el vacío, así, libremente, sin drama ni nostalgia, aceptando el dolor que viene seguro, convencida de que es mejor así. Tarde o temprano pasará.

Saber desprenderse. Saberse segura para andar sola, para un adiós de esos que significan hasta nunca...y dejar volar lo que pensábamos que nos pertenecía, lo que nos era propio, común y compartido. Y cómodo. Y conocido. Sobretodo eso.

Saber desprenderse, dejar ir, desapegarse, aceptar despedidas inevitables, un tiempo de frío. Sin sentir ausencias de otros cuando en realidad son carencias de una misma. Alejando esas malditas dependencias que confunden querer con necesidad, amor con pánico a la soledad. Aunque una parte de nosotras se vaya para siempre.

Saber desprenderse. Y luego, curarse las heridas. Poco a poco, seguir andando, porque a eso estamos. Y huir de lugares comunes, destruirlos. Seguir y, quizás, volver a caer en lo mismo. O lograr el vuelo sin los pesos que nos arrastran al fondo. Sentirse fuerte.

Saber desprenderse para aprenderse de nuevo. O desaprenderse.
Para ser capaz de liberar. Y liberarse.




(Para M. y para mi misma, porque ya logré desaprender pero a veces no me acuerdo)

jueves, 24 de noviembre de 2011

Lo que no compra el dinero

Miro a mi padre atentamente, en silencio, mientras come y casi se ahoga engullendo, ansioso como siempre, su tiempo corre más rápido que el de los otros mortales. Dibujo una sonrisa en la boca. Luego miro el plato de pasta que me ha preparado para comer. Pasta blanca, sin nada, sólo con aceite, así está muy buena, me dice él. Carcajadas.



Nació en plena posguerra, cuando la gente volvió a morir de tuberculosis, cuando el silencio era obligatorio, cuando la derrota era más presente que nunca y la muerte estaba en todas partes. Escaparon del pueblo poco después de terminar la guerra, la ciudad como escondite perfecto, laberinto de oportunidades.
Y la iaia se perdía por las calles porque no sabía leer los carteles; y nos llevaron a Misiones; y la cuna de tu tío Juan era una caja de tomates; y en la barraca había goteras; y un techo de cartón-cuero; y que vienen los picos; y para Navidad me regalaron una naranja; y empecé a trabajar con catorce años; y no tengo el graduado escolar; y retablo y policromía en la Massana; y el piso de la Vía Trajana tenía aluminosis; y 13 personas en 30 metros cuadrados; y el iaio era paleta y se cayó de un andamio; y estudia para tener un futuro; y te canto una de Víctor Jara; y Batallones Disciplinarios; y pantalones de campana; y fotos de París; y fotos en Roma; y si te esfuerzas lo consigues; y quien no llora no mama; y quien algo quiere, algo le cuesta...
y trabajo, trabajo, trabajo, trabajo, trabajo...

Historias fascinantes para una niña preguntona, cuentos que no podían ser verdad para una infancia cómoda y segura, como si aquellos tiempos no hubieran existido nunca, contados con una sonrisa y con mucha dignidad, como diciéndome que no fue para tanto y así no agrietar mi mundo de color de rosa. Disimulando la miseria, el hambre, el frío.
Con la edad, rabia. Poco a poco entendiendo que su pasado no fue cosa del destino y que, por lo tanto, mis días tampoco. Y así decidí estudiar historia, para encontrar versiones menos dulces y poder tomar partido, para encontrar motivos suficientes y de sobra y sentirme heredera de las que, como mi padre, nunca tuvieron nada, de los que perdieron y ganaron batallas plantando cara; situando el conflicto en el centro de mi vida, en mi modo de entender la realidad, en mi motor para cambiarla; y trazando una línea gruesa para situarme en un lado de la trinchera y señalar al enemigo. Y recuperar el terreno perdido. Y ganar, aunque fuera sólo una pequeña victoria, para poder ver la cara de aquellos que nunca perdieron.




Cuando me marcho a mi casa siempre le doy un abrazo. Él sigue dándome todo aquello que no pudo tener y diciéndome que ha decidido vivir hasta los 120 años, calculando que así va a poder sobrevivirnos y asegurarse de que no nos falte nada.
Y, al final, la pregunta de rigor...te falta algo? Y, sin coger los 50 euros de su mano, me marcho pensando que tengo tanta suerte que, a veces, me siento idiota.
Cuando alguien te lo daría todo y mucho más, incondicionalmente, te invade una tranquilidad difícil de explicar.
Y puedo llenar el pecho de aire.




miércoles, 23 de noviembre de 2011

Humedad



¿Os he dicho alguna vez que odio el otoño?
Amo todos sus colores, que vienen de repente a pintar nuevos paisajes, pero te pillan así, tan desprevenida y con tanta ansia...


Porque aunque éste se presente caliente y hoy decida darnos una tregua de luz yo me pierdo entre la vorágine de hojas desparramadas por el suelo, en ese manto que lo único que desprende es frío. Y nostalgia de tiempos mejores mientras me envuelvo con mi manta marrón, cuando era más fácil decir te quiero y susurrar al oído, acurrucarse en compañía.


Hoy ha llegado mi otoño. Nostalgia de primaveras.
Y aquí estamos, intentando encontrar algo dónde agarrarnos, algo que no esté mojado.
Porque a las penas, puñaladas...como diría mi padre...y en eso ando.
En eso ando.

martes, 22 de noviembre de 2011

Escuchas y otros misterios

Ayer me di cuenta de que llevo un tiempo hablando hacia dentro, gritando hacia dentro. Me di cuenta, sí, robando horas al descanso, alargando un lunes interminable más allá de sus fronteras. Hoy pago las consecuencias, llego tarde.

Las palabras siempre me han costado, sobretodo las que deben ser dichas en voz alta, aquellas que te comprometen ante otras miradas. Pero, de tanto callar, ya nadie me escucha, porque son muchas las que han perdido la facultad de mantener la boca cerrada y observar pacientemente, con los oídos bien abiertos, con los ojos despiertos y la piel preparada, las manos tendidas, puños cerrados.

Estuve callada, sí. Observando ojos ensangrentados o hinchados por lágrimas que nunca salieron, que se enquistaron o brotaron inesperadamente; entendiendo gestos que hablan por si solos, muecas, ruidos informes, sonrisas desdibujadas; oliendo pieles en cada abrazo, impregnándome de salivas y sudores; sintiendo latidos, escuchando por los poros.

A los charlatanes con prisa, a los de verborrea incontrolada, a los que desoyen sin ojos y sin caricias que les ericen el vello. Les diré que me he cansado de la lluvia constante de estos últimos días, que ahora empiezo a encontrar palabras con sentido que puedan ser dichas, porque las he estado aprendiendo. Me las repetiré un tiempo más para estar segura, pero las tengo.

Estuve callada, sí. Entregándome a la escucha. Y a sus múltiples formas. Y comprendiendo, comprendiendo...y sólo así puedo empezar a decir...


domingo, 20 de noviembre de 2011

Salvándome...

Y ahora me gustaría irme para poder olvidarme y volver a ser la de hace un tiempo. No hace mucho. Huir o escapar (no sé si es lo mismo...).
Y ahora querría que un fuerte vendaval me sacudiera y me borrara la memoria. No sufrir nada más que amnesia, encefalograma plano, para que mi pensamiento no volviera siempre sobre lo mismo, como una obsesión que se repite y se repite. Bucles cotidianos.
Que mi imaginación me diera una tregua, para no seguir con mis castillos en el aire, de esos que acaban siendo de arena y se deshacen, aunque una insista en seguir viéndolos de pie, echándoles gotitas de agua para que resistan.
Que ya no pudiera sentir nada, para no creerte tan cercano, tan parecido, tan mío sin serlo...
Y yo sin querer saber nada sobre pertenencias.
Y yo con este miedo que todo lo arrasa, que me hace pequeña, que me deja sin palabras y me hace otra.


Y hoy no soy valiente y decido retirarme a tiempo, porque fuera llueve.
Y me vuelvo a mi caparazón particular donde todo es más sencillo, escondiendo bien la cabeza para no sentir mi desnudez en medio de la intemperie, para no sentir el frío.
Y lo mismo es mejor que te busque por calles que nunca pisé, para ver si así consigo inventar algo distinto, o tan parecido, que el impulso me obligue a huir de nuevo...para volver a salvarme.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Aburrimientos...y no sé si alguna esperanza


Aquí estoy. Sentada en un taburete alto, delante de un ordenador, aburrida y rodeada de asfalto, asediada, asqueada. Las excavadoras están haciendo una calle nueva afuera y parece que no tienen mucha prisa...tiemblan paredes y cristales...ruido insoportable, la ciudad más presente que nunca.

Mi refugio da a la calle. Amplios ventanales, luces, escaparates. De tanto en tanto alguien entra buscando algo especial, un detalle, algo para regalar... llantos de bebés se mezclan con comentarios sobre qué bonito que es todo aquí dentro. Ahora devuelvo el cambio, abro-cierro las persianas, paso tarjetas, hago caja, envuelvo un paquete, lazos de rafia, ropita pequeña, odio a un niño insoportable y yo con mi sonrisa, odio más a su madre y yo con mi sonrisa.

Cien mil colores maravillosos para vestir un mundo gris, para edulcorar infancias que algún día dejarán de serlo y, tarde o temprano, se estamparán contra un muro y harán ver que no pasa nada. Y andarán por caminos tan marcados y ajenos que no desgastarán las suelas de sus zapatos, con los ojos vendados mirando sólo al frente, hacia donde hay que ir porque todas las señales conducen al mismo sitio, creciendo a costa de anular inocencia y curiosidad, perdiendo las ganas pero tirando. y adaptarse o morir. Morir de miedo.
Y espero que algún día se pregunten y quieran saber de dónde sale toda esa rabia. y prueben nuevos senderos. no, mucho más, que elijan correr por campos sin cercar, de esos que aún no existen pero que con las ganas se pueden intuir, sintiéndose con fuerza para poder inventarlos, escalando montañas imposibles junto a otros prófugos.

Y entre estos pensamientos vendo algo, de tanto en tanto, sin mucho esfuerzo. Y vendo y me vendo, constantemente, con una sonrisa encantadora, siendo amable.
Y me vendo y me vendo y me vendo, aunque aún no esté dentro del escaparate pero casi, y me vendo siendo servicial y simpática, cuando en realidad tengo ganas de partirle la cara a alguien, la necesidad de echarme al monte, las ansias de que todo cambie, aunque sea sólo un poquito y yo ya lo quiera todo. y mi paciencia se agote.

lunes, 14 de noviembre de 2011

A un constructor de castillos imposibles...

Te miro y me parece que estoy viendo mi reflejo, porque te entiendo más que a mi misma...aunque calle, aunque no te lo diga. Tan distintos pero no tanto...

Eras poeta que cantaba a la muerte y, creo que conmigo, aprendiste que hay muchos caminos que no tienen porqué ser de angustia, donde se ve más allá de la niebla y el sol puede entrar por las ventanas. Comprendimos juntos, andamos juntas.

Nos amamos hasta que ya no pudimos, y volviste a tu negro sendero, yo a mi indecisión permanente, a las dudas, a mi lado más oscuro.
Amor-dolor-odio, son la misma cosa?

Y luego nos volvimos a aprender, de otra manera, y descubrí nuevas formas de querer, de esas que no puedes ni explicar porque no existen, porque aún no se llaman, porque nadie las entiende.
Y renombramos todas las cosas para colocarlas en estanterías diferentes, en otros armarios, en habitaciones que supimos separar por un pasillo y que, a pesar de la distancia, siento más cerca que nunca.
Y elegimos dolor para acabar siendo vida, dando tiempo al tiempo, sacando ropa sin usar de los cajones y quemando papeles con letras que ya no reconocíamos, para darnos nuevos significados. Y cambiamos los marcos a viejas fotografías, porque nos merecíamos la pena.

A ti, recuperador de utopías, compañero de la vida, ya no amante, mi otra familia, te pido que sigamos siendo buscadores de sueños y, por encima de todo, constructores de castillos imposibles...







jueves, 10 de noviembre de 2011

Serà que funciona...

Ara puc somriure una estona, potser una estona llarga...
La Paqui ha vingut a l'assemblea de barri amb el seu fill, i ella no parava d'anotar en un paper estripat, desordenada, acostant la vista al màxim perquè no pot ni comprar-se unes ulleres. I diu que vindrà a la castanyada, i al taller de violència masclista, i a la ruta històrica, i...
El dia que va venir a la xarxa de suport mutu era una altra persona. Una persona que, a força de pals, havien aconseguit que callés tant de temps que ara no sabia ni parlar. I plorava d'impotència, ja no de ràbia, i se sentia tan sola que no era. No era.

Aquell dia no sé descriure com em vaig sentir, i em pregunto si tinc dret, si puc, si haig, perquè no ho sé... Jo plorava per dins mentre l'escoltava i tractava d'aparentar fortalesa mentre una llàgrima em rajava per la galta i l'odi creixia i creixia i creixia i creixia i creixia...
Mirava les meves companyes buscant còmplices, aliades que em fessin suportable la barbàrie explicada en primera persona. Misèria comuna. I, al mateix temps, la culpabilitat de ser tan feble, la por de no estar a l'alçada, el "ja saps que les coses són així, ara de què et sorprens", l'"això passa cada dia i ara va i no pots ni suportar-ho"...

Ara puc somriure una estona, potser una estona llarga...perquè he entès que això funciona, que el que necessitem és donar-nos afecte i aprendre a escoltar més que a dir. Perquè ara ella ja parla encara que, com nosaltres, no sap cap a on va. Perquè ara ella -nosaltres, jo- ja torna a ser. Ara és.

I el seu fill m'ha dit "senyora", però no passa res...

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Miedos


Cuéntame tus miedos, aquello que te ahoga y te destruye por dentro. Cuéntame, cuéntame porque, seguramente, cuando me hables con gestos o con palabras, entonces me atreveré a abrir la boca y puede que me liberes. Siempre tan cobarde...

Creo que hace tiempo que me cortaron las alas, o me las amputé yo misma, no lo sé. Me he instalado en la comodidad de no decir, de sentir cada noche un vacío y pensar que aquí no pasa nada. Y seguir por inercia, y seguir y seguir, porque a eso nos han enseñado...

Cuéntame tus miedos...probablemente sean también los míos...y quizás podamos volar juntos...

martes, 8 de noviembre de 2011

Llums per il·luminar un present miserable...

M'adormo mirant una fotografia en blanc i negre que tinc al costat de la capçalera del llit. Set milicianes fusell en mà, aturades expressament per ser immortalitzades per una càmera el 1936.
Abans de tancar els ulls fins al dia següent, normalment dedico una estona a pensar de manera calmada i, sovint, m'adormo entre reflexions, desitjos, esperances, inquietuds...uns instants per pensar-me...
Aquest cop, mirant la fotografia, penso en l'espoli que patim, en una història que ens ha estat sistemàticament negada en pro d'una versió on totes acabem sent culpables, on vencedors i vençudes comparteixen responsabilitats i acaben sent el mateix. Fins a quin punt hem interioritzat aquesta culpa, penso...
Les lluites passades mai poden servir de referent, ens són esborrades... no fos que aprenguéssim alguna cosa, no fos que trobéssim eines per entendre d'on venim, no fos que poguéssim cercar en aquest 'abans' alternatives a un present desconcertant on, sovint, ens sentim perdudes i derrotades, no fos que comprenguéssim que sempre ha existit un 'nosaltres' que, a través del temps, ha mostrat la seva rebel·lia de maneres diferents, de vegades tan subtils que gairebé no es poden veure ni sentir.
Només fent nostre aquest 'nosaltres' sabrem que no estem soles i que mai ho hem estat... i, aleshores, els enemics a batre esdevenen molt més clars...
Massa anys amb la sensació de pèrdues permanents ens enganyen i ens donen una visió d'estar construint sobre terra erma, en un desert de persones aïllades que caven soles la seva pròpia tomba.
Que no ens prenguin el gust de pensar que podem guanyar i que, poc a poc, continuem teixint... teixim usant els retalls de les milicianes, traient la pols als pedaços de les lluites veïnals de no fa tant, declarant-nos hereves de multitud de resistències possibles... seguim teixint i teixint perquè no som òrfenes, perquè podem tenir referents que ens sonriguin els dies i ens permetin, en algun moment, il·luminar sortides al nostre drama permanent.


lunes, 8 de agosto de 2011

Deseos

Venga gírate, acércate y así, sin previo aviso, pega tus labios a los míos. Suave, delicado, tranquilo. Imagino que tus manos se pasean por mi espalda...tus dedos dibujan caricias tímidas, casi cosquillas.
Dime que al andar a mi lado, a veces, el deseo se hace tan fuerte que te adelantas unos pasos para amedrentarlo y seguir como si nada pasara. Te vuelves y me cuentas algo de tu vida.
Así, como si nada pasara, yo sigo explicándote alguna de mis historias. Risas. Más risas como píldoras contra el deseo.
Y así, como si nada pasara, nos despedimos.
Hasta la próxima. Que vaya bien.