
Miro a mi padre atentamente, en silencio, mientras come y casi se ahoga engullendo, ansioso como siempre, su tiempo corre más rápido que el de los otros mortales. Dibujo una sonrisa en la boca. Luego miro el plato de pasta que me ha preparado para comer. Pasta blanca, sin nada, sólo con aceite, así está muy buena, me dice él. Carcajadas.
Nació en plena posguerra, cuando la gente volvió a morir de tuberculosis, cuando el silencio era obligatorio, cuando la derrota era más presente que nunca y la muerte estaba en todas partes. Escaparon del pueblo poco después de terminar la guerra, la ciudad como escondite perfecto, laberinto de oportunidades.
Y la iaia se perdía por las calles porque no sabía leer los carteles; y nos llevaron a Misiones; y la cuna de tu tío Juan era una caja de tomates; y en la barraca había goteras; y un techo de cartón-cuero; y que vienen los picos; y para Navidad me regalaron una naranja; y empecé a trabajar con catorce años; y no tengo el graduado escolar; y retablo y policromía en la Massana; y el piso de la Vía Trajana tenía aluminosis; y 13 personas en 30 metros cuadrados; y el iaio era paleta y se cayó de un andamio; y estudia para tener un futuro; y te canto una de Víctor Jara; y Batallones Disciplinarios; y pantalones de campana; y fotos de París; y fotos en Roma; y si te esfuerzas lo consigues; y quien no llora no mama; y quien algo quiere, algo le cuesta...
y trabajo, trabajo, trabajo, trabajo, trabajo...
Historias fascinantes para una niña preguntona, cuentos que no podían ser verdad para una infancia cómoda y segura, como si aquellos tiempos no hubieran existido nunca, contados con una sonrisa y con mucha dignidad, como diciéndome que no fue para tanto y así no agrietar mi mundo de color de rosa. Disimulando la miseria, el hambre, el frío.
Con la edad, rabia. Poco a poco entendiendo que su pasado no fue cosa del destino y que, por lo tanto, mis días tampoco. Y así decidí estudiar historia, para encontrar versiones menos dulces y poder tomar partido, para encontrar motivos suficientes y de sobra y sentirme heredera de las que, como mi padre, nunca tuvieron nada, de los que perdieron y ganaron batallas plantando cara; situando el conflicto en el centro de mi vida, en mi modo de entender la realidad, en mi motor para cambiarla; y trazando una línea gruesa para situarme en un lado de la trinchera y señalar al enemigo. Y recuperar el terreno perdido. Y ganar, aunque fuera sólo una pequeña victoria, para poder ver la cara de aquellos que nunca perdieron.
Cuando me marcho a mi casa siempre le doy un abrazo. Él sigue dándome todo aquello que no pudo tener y diciéndome que ha decidido vivir hasta los 120 años, calculando que así va a poder sobrevivirnos y asegurarse de que no nos falte nada.
Y, al final, la pregunta de rigor...te falta algo? Y, sin coger los 50 euros de su mano, me marcho pensando que tengo tanta suerte que, a veces, me siento idiota.
Cuando alguien te lo daría todo y mucho más, incondicionalmente, te invade una tranquilidad difícil de explicar.
Y puedo llenar el pecho de aire.